El monstruo de la sandía

 Un viajero iba atravesando una extensa y árida llanura. Llevaba cabalgando toda la mañana y se sentía sudoroso, cansado y hambriento. Observó cómo el sol empezaba a ponerse en el horizonte, entre las montañas, y se preguntó donde podría encontrar un sitio para descansar y pasar la noche. Llegó, finalmente al término de la llanura y mirando fijamente hacia abajo, en lo profundo del valle, le pareció distinguir una aldea remota, con el humo de las chimeneas evolucionando despreocupadamente sobre el cielo del atardecer.

Urgió a su caballo a bajar por el sendero que conducía al fondo del valle. Ya le parecía estar disfrutando de la bebida fría que apagaría su sed y del sabor de las delicias de la localidad, así como de la buena compañía.

Cuando llegó a las afueras de la aldea, ésta parecía estar desierta. Había una sola calle con casas y unos pocos comercios a cada lado. Pero a través de la neblina de la tarde pudo distinguir vagamente cierta actividad al otro extremo del vecindario. Urgió a su caballo en esa dirección y advirtió que los aldeanos estaban reunidos en torno a una valla que rodeaba un campo. A medida que se acercaba pudo escuchar los gritos nerviosos de la gente. Cuando le vieron, le suplicaron: “Ayúdenos, señor, sálvenos del monstruo”.

El viajero miro al campo y solo pudo ver una enorme sandia. Los aldeanos le gritaban “por favor, sálvenos señor, es un monstruo que esta a punto de atacarnos!”. El viajero les dijo: “Pero, si es solo es una sandia”. Los aldeanos le gritaban: “Es un monstruo”. El viajero replicó: “Es una sand….” Pero antes de que pudiera acabar, los enfurecidos aldeanos le bajaron del caballo y le arrojaron a una charca. Después, le ataron al caballo que fustigaron hasta hacerle desaparecer de la aldea.

Aproximadamente media hora más tarde, otro viajero iba siguiendo penosamente las huellas del otro jinete. El sol había seguid bajando en el horizonte y aun sentía más sed y hambre que el anterior. También soñaba despierto con la deliciosa bebida y la exquisita cocina de la región.

Bajó serpenteando la ladera del valle y llegó a las afueras de la aldea. Vio allí a la multitud agitándose y gritando junto a la valla.

¿Cuál es el problema?, preguntó. “Mire, un monstruo verde y feroz está a punto de atacarnos”, respondieron los aldeanos. “Así es”, dijo el viajero. “Es enorme y ciertamente muy fiero. Permitid que os ayude.”

Sacó su espada, espoleo a su caballo, saltó la valla y en menos que canta un gallo los trozos de sandía volaban por todas partes. Los aldeanos cubiertos de restos rojos de fruta y de pepitas negras, daban vítores y aplaudían enfervorizados. Pasearon al viajero por toda la aldea y le invitaron a quedarse todo el tiempo que quisiera. Le alojaron en la mejor habitación del hotel, con todos los gastos pagados, le sirvieron la mejor comida y le ofrecieron los mejores vinos de la región.

A cambio el viajero les escuchó y aprendió su cultura, su historia, sus relatos y su estilo de vida. Poco a poco se fue ganando la confianza de esas gentes y empezó a hablarles de su cultura, de su historia, sus relatos y su propio estilo de vida. Y amable y delicadamente, les enseñó a diferenciar entre un monstruo y una sandia. Algunos aldeanos, con el tiempo, se decidieron a plantar sandias en sus campos. Y cuando, al viajero, le llegó, finalmente, la hora de partir, pasó junto a hileras de enormes sandías esperando para ser cosechadas.

Un aldeano que le vio se acercó y le dijo: “Muchas gracias señor. Nos has enseñado muchas cosas. Y nos has enseñado a domar la sandía y hacer que trabaje para nosotros”.

A lo que el viajero respondió: “Tenéis efectivamente unas sandias magníficas. Pero no olvidéis jamás que incluso las sandías pueden, a veces, ser monstruos”.

Fuente: Cristina Hall. Relato incluido en el libro “La magia de la metáfora”. Nick Owen (2003).

Este relato nos enseña que no todos percibimos la realidad que nos rodea del mismo modo. Para algunos los monstruos acechan a la vuelta de la esquina, mientras que otros solo ven sandias en su lugar. Las creencias que nos han inculcado desde pequeños han marcado nuestro modo de interpretar el mundo y pueden estar condicionando nuestro modo de actuar y de pensar. Inconscientemente, emociones como el miedo y la culpa pueden estar bloqueando nuestra capacidad para avanzar y para conseguir nuestras metas y objetivos, llegando, incluso, a afectar a nuestro cuerpo y a causarnos alguna enfermedad…. aun cuando los monstruos que imaginemos no sean reales.

A veces necesitamos que alguien que perciba la realidad desde otro punto de vista, nos ayude a hacer que los monstruos, nuestras creencias y emociones limitantes, se conviertan en sandias y que trabajen en nuestro beneficio.

No todo el mundo está preparado para acompañarnos en este camino. Sólo los que han pasado por ello y han acabado con sus monstruos pueden hacerlo de manera efectiva y pueden entender lo duro que resulta cambiar y el tiempo que requiere para ver sus frutos…. Con todo, lo importante es que, si tú quieres, puedes acabar con tus monstruos y convertirlos en sandias.

Si quieres empezar te animo a que lo hagas acabando con algunas de tus creencias limitantes haciendo click en el siguiente enlace.

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