“La Biografía Humana”

En su libro, recientemente publicado, “La biografía humana” (2015) la afamada escritora y terapeuta argentina, Laura Gutman, habla de cómo tod@s, necesitamos abordar aspectos de nuestra biografía particular, que están aún escondidos, ya sea por miedo, por inmadurez o por falta de decisión y que  suponen una fuente permanente de problemas en nuestro día a día. Afirma que si somos capaces de sacar a la luz estos aspectos que no vemos aun, y que, sin embargo, nos condicionan inconscientemente, podremos evitar las enfermedades, lo conflictos o sufrimiento que estos problemas conllevan.

Para ello propone utilizar la metodología de la biografia humana. Esta supone empezar a preguntarnos, partiendo de nuestra infancia, para descubrir y desactivar las creencias limitantes que nos han inculcado, más exactamente, lo que denomina, los discursos engañados, como el discurso materno. Según la autora, éste, aun cuando no se correspondiera con la realidad, lo hemos asumido como propio, por “lealtad emocional” hacia la persona de la que dependíamos cuando éramos pequeños, para ser amados.

Lo que implica que todos nuestros recuerdos, vivencias, experiencias e interpretaciones de esas vivencias se establecieron en base a lo que alguien nos dijo y a las creencias que alguien nos transmitió. Ese alguien en la mayoría de los casos es nuestra madre, o, en su caso, la persona más importante con la que nos vinculamos durante nuestra  infancia.

Es responsabilidad nuestra abordar las propias experiencias infantiles desde nuestra realidad interna, es decir desde el punto de vista del niño o de la niña, y no desde el punto de vista de la madre, que por muy bienintencionado que fuera, podría ser erróneo.

Solo así sacaremos a la luz las frustraciones, la soledad, los miedos, la inseguridad, las necesidades y deseos no atendidos del niño o de la niña, que siguen condicionándonos inconscientemente como adultos.

 De no ser así, la autora afirma que estaremos delegando en nuestra descendencia una serie de adicciones y violencias invisibles que a su vez enfermarán, confundirán y serán fuente de problemas para próximas generaciones.

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Como salmones nadando a contracorriente…

Hay muchos peces en el mar y parece que las que hemos vivido o estamos viviendo algún problema de infertilidad, nos ha tocado ser salmones.

Estos maravillosos peces pasan su juventud en los ríos, para posteriormente nadar hacia el mar donde se desarrollan y pasan la mayor parte de su vida adulta. Cuando han madurado regresan al río donde nacieron para reproducirse e iniciar el proceso de desove y fertilización de los huevos.

Este difícil viaje, conocido como la carrera del salmón, en una de las migraciones más extremas del reino animal, que, a veces, requiere nadar cientos de kilómetros río arriba contra las corrientes y rápidos. Los salmones utilizan toda su energía en los rigores físicos del viaje, que puede ser agotador, y en completar las transformaciones morfológicas necesarias para desovar con éxito. Dejan incluso de alimentarse durante la carrera, mientras hacen frente a números peligros: aguas turbulentas, rápidos, riscos y todo tipo de depredadores.

Muchos mueren en el intento, dudan o abandonan, dejándose llevar por las aguas que los conducen de nuevo al mar. Solo los que tienen el firme propósito de ser fecundos y creen firmemente en que lo lograrán, siguen adelante hasta alcanzar su destino, sacando fuerzas para luchar contra corriente.

Si te sientes un poco salmón, no te dejes llevar por la fuerza del agua. Descubre cómo podemos ayudarte a nadar río arriba haciendo click en el siguiente enlace.

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¿Cómo afecta la falta maternaje a nuestra maternidad?

La reputada escritora y terapeuta argentina, Laura Gutman, se ha convertido en una de las autoras de referencia mundial en el ámbito de estudio de la infancia y las consecuencias del desamparo materno.

En su libro “Adicciones y violencias invisibles (2012), habla de cómo la ausencia de maternaje, que define como la “falta de calidad de atención, calidez, amor, abrazos, altruismo, paciencia, comprensión, leche, cuerpo, mirada y sostén…recibidos” por un bebe desde el nacimiento y durante toda su infancia, pueden generar cuatro posibles tipos de dinámicas violentas. Estás, según la autora, no son más que mecanismos de supervivencia que desde pequeños ponemos en marcha y que, como adultos, mantenemos inconscientemente, fruto de una necesidad insatisfecha, siempre que hayamos vivido experiencias de desamparo y soledad por una ausencia de maternaje. Sentimos que no estamos satisfechos, que estamos vacios, hambrientos de algo que nos falta, pero que no distinguimos que es y que provoca en nosotros ciertas formas de violencia, pasivas, activas, concretas o sutiles:

  1. Violencia hacia afuera (destruyo al otro),
  2. Violencia pasiva (víctimas),
  3. Violencia hacia dentro (me autodestruyo: enfermedades, debilidad…),
  4. Devorarlo todo (adicciones).

 Según comenta, casi todos estamos incluidos en alguno de estos sistemas, en mayor o menor medida.

 El problema es que si quieres Ser Mamá y no has recibido suficiente maternaje y atención, no podrás ofrecer lo que no tienes o no has recibido a tu bebe, a no ser que saques a la luz y desactives dichos mecanismos inconscientes.

Y más importante aún, creo firmemente que muchos de nuestros comportamientos, emociones y creencias inconscientes, resultado de las cuatro dinámicas violentas arriba señaladas, pueden estar condicionando o bloqueando inconscientemente nuestra maternidad…las adicciones a la comida, bebida, tabaco, café, trabajo, consumismo…los miedos a repetir comportamientos recibidos en la infancia, a no ser buena madre… el victimismo y la somatización que pueden acabar provocandonos enfermedades… son buenos ejemplos de ello.

 La buena noticia es que siempre estamos a tiempo de cambiar y de aprender a reprogramar nuestro cerebro, modificando nuestras creencias y comportamientos y aprendiendo a gestionar las emociones que nos están impidiendo Ser Mamá.

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El estrés por quedarte embarazada puede causar infertilidad

Aunque son muchos los estudios que demuestran que el estrés afecta negativamente a nuestra capacidad para procrear, hasta hace poco no había ningún estudio que demostrase específicamente que el estrés asociado a la búsqueda de un embarazo afectase a la fertilidad natural de la mujer o al éxito de los tratamientos de reproducción asistida.

Si existían estudios que confirmaban que el estrés y la ansiedad pueden desencadenar que la pareja abandone los tratamientos de reproducción asistida, si éstos fracasan en los primeros intentos, pero hasta hace poco la idea de que “si te relajas, te quedarás embarazada” no tenía soporte científico. Los casos de mujeres que gestaron después de muchos años de búsqueda, sin ningún tipo de tratamiento, y otras que lo hicieron después de adoptar un niño, al disminuir sus niveles de ansiedad, no eran más que anécdotas que no confirmaban esta creencia popular.

Sin embrago, un reciente estudio ha demostrado por primera vez la relación entre la ansiedad por conseguir el embarazo y el aumento de la infertilidad.
Todos sabemos que la dificultad para quedar embarazada es una situación muy estresante para cualquier pareja. El hecho de no poder satisfacer una parcela tan importante del desarrollo personal como “tener hijos” afecta de forma directa a todas las esferas de nuestra vida: la autoestima, los planes de futuro, la vida de pareja, la familia, la vida social, las relaciones sexuales… En estas circunstancias, son generalizados los sentimientos de estrés y ansiedad.
Esta situación de stress emocional se intensifica durante los tratamientos de fertilidad (inseminación, fertilización in vitro, donación de ovocitos, etc.). Se han realizado diversos estudios para medir los niveles de ansiedad en distintos tipos de tratamientos médicos, y los tratamientos de reproducción son los que más carga emocional conllevan, tras los tratamientos oncológicos (radioterapia, quimioterapia…).
Pues bien, precisamente, esta ansiedad por conseguir un embarazo y el miedo a que los tratamientos salgan mal, pueden retrasar el tan deseado embarazo.

Un estudio llevado a cabo por científicos estadounidenses, que amplía otro anterior realizado en el Reino Unido, demuestra una asociación entre altos niveles de estrés y una reducción de la fertilidad. Los resultados se publicaron en la revista Human Reproduction.

En el estudio participaron 501 mujeres estadounidenses con edades comprendidas entre los 18 y los 40 años, sin problemas de fertilidad conocidos y que habían decidido comenzar a buscar un embarazo.
Se realizó un seguimiento de estas mujeres durante 12 meses o hasta que consiguieron quedar embarazadas.
Los científicos midieron la enzima alfa-amilasa y el cortisol en la saliva, que son indicadores biológicos del estrés, el primer día de cada ciclo menstrual.
Las mujeres que presentaban altos niveles de alfa-amilasa mostraron un 29% menos de probabilidades de quedar embarazadas cada mes y más del doble de probabilidades de ser infértiles en comparación con las que tenían bajos niveles de la enzima y de esta hormona.

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El estrés afecta negativamente a nuestra capacidad para concebir

Son muchos los estudios que demuestran que el estrés afecta negativamente a nuestra capacidad para reproducirnos.

El estrés se puede definir como una respuesta de nuestro cuerpo ante una serie de exigencias o demandas que juzgamos mayores a las capacidades que tenemos. Este provoca en nosotros una sensación de desbordamiento que activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal. Dicha activación desencadena en nuestro organismo cambios conductuales y fisiológicos que mejoran nuestra adaptabilidad e incrementan nuestras oportunidades de supervivencia.
Los episodios cortos o infrecuentes de estrés no comportan ningún riesgo para nosotros, por cuanto las consecuencias del mismo suelen ser positivas para el organismo (hablamos entonces de eustrés). Ahora bien, cuando las situaciones de estrés se prolongan en el tiempo y éste ya no favorece o, incluso, dificulta la adaptación al factor estresante, aparece el riesgo de lesión o enfermedad (en estos casos hablamos de distrés).

El científico canadiense Hans Selye, en su investigación más famosa, “El estrés” (1950), describió muy bien las tres fases por las que atraviesa nuestro cuerpo cuando un estimulo perturba nuestro equilibrio interno y genera estrés:

Fase de reacción de alarma. Se produce cuando nuestro cuerpo detecta el estímulo externo. Ante este nuestro cerebro se pone en guardia y genera ciertos cambios fisiológicos que preparan al cuerpo para la acción defensiva. El sistema nervioso autónomo se activa, liberando catecolaminas, que producen una estimulación del sistema neuroendocrino, y liberan ACTH y cortisol, las dos hormonas por excelencia del estrés, que activan los sentidos, aceleran el pulso y la respiración, que se torna superficial, y tensan los músculos.
Fase de resistencia o adaptación, en la que el cuerpo toma contramedidas defensivas (reacciones de lucha o huida) en respuesta a estos estímulos.
Fase de agotamiento. Surge cuando las situaciones estresantes se suceden sin resolución y el cuerpo permanece en un estado constante de alerta que aumenta la tasa de desgaste fisiológico. Sobreviene entonces la fatiga o el daño físico, quedando la capacidad del cuerpo para recuperarse y defenderse seriamente comprometida. Empiezan a aparecer entonces las llamadas enfermedades de adaptación (enfermedades cardiovasculares, hipertensión, asma, jaquecas, úlcera péptica, dolores musculares, depresión), viéndose también muy vulnerada nuestra capacidad reproductiva.

Son muchos los estudios demuestran que la activación del organismo y sus hormonas afectan negativamente el funcionamiento reproductivo del organismo.

Uno de ellos, el estudio de Campagne DM, recogido por la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) en su Libro Soporte, “Fertilidad y temas emocionales” (2012), señala que es necesario diferenciar entre dos tipos de estrés: El estrés agudo y el estrés crónico. El primero está producido por el problema de fertilidad o los procedimientos de fertilidad, mientras que el crónico sería un estrés previo. Ambos influyen de modo importante en nuestra capacidad natural para concebir y afectan negativamente al resultado de los tratamientos de Reproducción Asistida (RA).

Aunque este especialista manifiesta la gran importancia de reducir los dos tipos de estrés, puntualiza que el estrés agudo debe ser manejado mediante técnicas psicológicas aplicadas durante el periodo de búsqueda de embarazo o durante los tratamientos de RA, para evitar su abandono, mientras que el estrés crónico debe manejarse y reducirse antes de iniciarse el proceso de búsqueda o del comienzo de cualquier tratamiento de la fertilidad.

En ambos casos, como demuestran los resultados del estudio de Liz TM y Strauss B, recogidos por la SEF en el mismo Libro Soporte, la psicoterapia individual, de pareja y de grupo en pacientes infértiles disminuye la ansiedad, el estrés y la depresión y ayuda a mejorar la tasa de embarazo.

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Infertilidad y duelo

El dolor asociado a  una experiencia de infertilidad o esterilidad es similar al que experimentamos ante la pérdida de un ser querido

Es difícil imaginar, desde fuera, la multitud de sentimientos que invaden a una pareja cuando el proceso de búsqueda de un embarazo se alarga y los días, meses y años van pasando sin que nuestro deseado bebé se anuncie.

Según la psicóloga y coordinadora del Grupo de Psicología de la Sociedad Española de Fertilidad, Vicenta Giménez, la infertilidad es una experiencia que implica múltiples pérdidas o duelos para cada uno de los miembros de la pareja, como son la pérdida del control de múltiples aspectos de nuestra vida, la interrupción de la continuidad genética y del enlace entre pasado y futuro, la imposibilidad de tener un hijo con la persona que amamos, y, sobre todo, una pérdida de autoestima, debida a la sensación de no estar capacitados para llevar a cabo una función que es natural en el ser humano.

Según dicha doctora, las fases del dolor que enumera la Dra. Elisabeth Kubler-Ross en su libro “On Death and Dying”, tras la pérdida de un ser querido, lo que denomina las “cinco fases del proceso de duelo” resumen muy bien el cúmulo de sensaciones que nos invaden en esta etapa de nuestras vidas:
– Shock y negación.
– Ira o enfado.
– Desesperanza
– Dialogo y negociación.
– Aceptación.

La primera fase, de Shock, es la que algunos especialistas denominan de negación y aislamiento, y es por ello que suele ser frecuente que durante la misma pidamos otro diagnóstico. En esta fase es normal sentir miedo, evitación, confusión, insensibilidad, y culpa.  Es habitual que pensemos que nuestros comportamientos anteriores han podido alterar nuestra capacidad reproductiva. Tendemos a lamentarnos por haber utilizado métodos anticonceptivos antes de saber si teníamos entonces o no problemas de infertilidad. En esta fase tendemos a evitar el problema y a buscar una manera de salir del mismo a través de excusas, como la necesidad de vacaciones o descansar más; es decir, durante esta fase tendemos a pensar que la infertilidad va a ser realmente un problema temporal que acabará por resolverse solo.

En la fase de Ira o enfado la búsqueda de culpables es la respuesta más común. Nos sentimos tratados injustamente, humillados, desechados o fracasados. La infertilidad causa sentimientos de frustración, irritación, vergüenza y remordimiento.
Los que vivimos esta experiencia y vemos como, para el resto del mundo, era fácil formar una familia y ver crecer a sus hijos, nos sentimos totalmente incomprendidos. La infertilidad es injusta. Nuestros cuerpos y mentes se sienten humillados por los interminables estudios y tratamientos y por el estrés emocional. Tarde o temprano el enojo aparece como una respuesta a todas las circunstancias desagradables. En algunas situaciones, la ira y el enfado sirven para atacarnos mutuamente, dentro de la pareja, buscando culpables. Por eso es importante estar preparados para afrontar esta etapa como una pareja unida, como un equipo.

Con la fase de Desesperanza aparecen la depresión y la indiferencia. Es frecuente pensar que no tenemos recursos suficientes para solucionar este problema, o que los recursos los tienen los profesionales y que nosotros no podemos hacer nada para mejorar el resultado. Este pensamiento produce sentimientos negativos y lleva a lo que en Psicología se llama indefensión. Al pensar que no podemos defendernos o resolver un problema, podemos llegar a deprimirnos, entre otros motivos, debido a que nos vemos incapaces de afrontar un nuevo tratamiento, de compartir nuestros problemas con nuestro entorno o por las dificultades de sobrellevar la situación dentro de la pareja.
En esta etapa de depresión es fundamental no olvidar que estamos en una carrera de fondo, y no de velocidad, en la que tenemos que aprender a administrar nuestras fuerzas, con los descansos que sean necesarios para poder recuperarnos, sobre todo si nos estamos sometiendo a tratamientos de reproducción asistida. Para superar esta etapa y pasar a la siguiente es importante aprender a interpretar cada intento fallido como un paso más que nos acerca a nuestro objetivo final de Ser Mamá.
Junto a la depresión también puede aparecer la ansiedad ante la posibilidad de que el tratamiento no tenga los efectos esperados o a que pueda resultar perjudicial para nuestra salud o para la de nuestro eventual futuro bebé.   Otro sentimiento habitual es la culpa que también se puede sustituir por acusación, intentando no sentirnos responsables. La culpa es dirigida a veces a la pareja, al médico o al mundo en general.  Este sentimiento de culpa es en sí mismo muy dañino, ya que presupone la asunción de una responsabilidad sobre una situación de que simplemente nos ha tocado vivir. Durante esta etapa se ven amenazadas:
– La seguridad en nosotros mismos.
– Nuestra feminidad o masculinidad, en el caso de nuestra pareja.

En esta fase suelen aparecer también sentimientos de agobio, desgana, baja energía, e impotencia que, junto con la culpa y la ansiedad retrasan o pueden afectar negativamente al resultado el proceso.

En la fase de Negociación es habitual intentar hacer lo que sea para recuperar el control y es con este fin con el que intentamos negociar, por ejemplo, prometiendo cosas que haremos si se soluciona el problema. En esta fase aparece el dialogo y el contacto con otros, para contar nuestra historia, esforzándonos en encontrar un significado en la pérdida.

En la fase de Aceptación no ha desaparecido el problema, pero hemos aprendido a manejarlo de forma emocionalmente sana. Esta incluye la exploración de nuevas opciones, el diseño de nuevos planes, los sentimientos de seguridad, empoderamiento, aumento de la autoestima y el encuentro de significado en la pérdida.
Estoy convencida que es necesario experimentar todos o la mayoría de los sentimientos y sensaciones que más arriba enumero para llegar a aceptar lo que nos está ocurriendo y superar con éxito esta prueba que nos ofrece la vida. Todas las emociones tienen una intención positiva y de todas podemos aprender algo. Está en nuestras manos no estancarnos o dejarnos llevar por ellas y avanzar hacia el estado de aceptación, que nos ayudara a crear una mejor versión de nosotros mismos haciendo que este problema se convierta en una oportunidad única de crecimiento y aprendizaje, y, por qué no, en un reto que lograremos superar con éxito.

Si estas atravesando por una situación similar a la descrita en alguna de las fases anteriores, descubre los talleres y sesiones que podemos ofrecerte para ayudarte a gestionar tus emociones y avanzar más rápidamente al estado de aceptación, en nuestro blog www.porquequierosermama.com

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